Con profunda fe y recogimiento, iglesias católicas de todo el país vivieron este Viernes Santo una de las celebraciones más significativas para el cristianismo - Foto: Gentileza Parroquia SJN
Con profunda fe y recogimiento, fieles católicos participaron este Viernes Santo de las celebraciones litúrgicas en la Catedral de Caazapá, donde se revivió la pasión y muerte de Jesucristo, considerada por la Iglesia como el signo supremo de amor y redención.
Durante la ceremonia, el monseñor Marcelo Benítez destacó que el Viernes Santo representa “el día del amor”, un amor verdadero que no se oculta ni huye ante las dificultades. “Es un amor que no se hizo del ñembotavy, sino que dio la cara y entregó la vida misma”, expresó en su homilía.
El religioso reflexionó sobre el sacrificio de Cristo, recordando que su entrega total en la cruz interpela a los creyentes a responder con acciones concretas. “Él ya hizo su parte y ahora nos llama a hacer la nuestra”, señaló, instando a vivir la fe con compromiso hacia quienes más lo necesitan.

En ese sentido, exhortó a la comunidad a tender la mano a los más vulnerables, mencionando a quienes sufren en hospitales, enfrentan la falta de trabajo o viven en condiciones de necesidad. “Aprendamos a responder con amor a los gritos desesperados de tantos hermanos”, manifestó.
Asimismo, el mensaje hizo énfasis en la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, así como en la importancia de fortalecer la familia como base fundamental de la sociedad.
El monseñor también dirigió un llamado a las autoridades y líderes sociales, subrayando la urgencia de recuperar la credibilidad, la justicia y la verdad. “Cada vez son menos los creíbles. Es necesario reconstruir la confianza con hechos, fortaleciendo la fe y la esperanza”, sostuvo.

Finalmente, invitó a dejar de lado las excusas y asumir un compromiso real con el bien común. “Es hora de actuar. La oscuridad será disipada cuando aumente la luz, la bondad y la justicia en cada rincón de nuestro país”, concluyó.
Las celebraciones del Viernes Santo incluyeron la liturgia de la palabra y la adoración de la cruz, en un ambiente de silencio y oración, donde los fieles acompañaron simbólicamente el sufrimiento de Cristo, reafirmando su fe y esperanza.



